El celador y la limpiadora
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El celador y la limpiadora

El celador y la limpiadora

Ahí está Luisito el corto haciendo el paseíllo, como tantas otras veces, acompañado de toda la cuadrilla. Picador y monosabio incluidos. Pisando la arena como sólo él sabe hacerlo, con paso corto y firme. Como si Suspiros de España marcara el ritmo desde la puerta de toriles hasta el centro de la UCI. Y aquí, la presente, maqueta de nacimiento, brocha larga en mano, puliendo el piso para que el bicho no tenga donde agarrarse.

Cruce de saludos. Gesto al respetable. Se abren las puertas de la sala y entra el primero de la tarde. Más cansoso que Bocarro, que mató a un pavo silbándole. En dos pases, mi castrón lo cuadra y finiquita la faena con una estocada certera. Este Ihoputa ni bicho, ni ná. Mucha traza de jastialón pero por dos tosecitas viene con la presente engurriñía. Un cabestro en toda regla.

Y así, uno tras otro, pasan gañanes, perlas y gallopedros. De todo lo que hay en la viña del señor. Todos con la cara avinagrada y la palidez cerúlea de los que no saben si el viaje terminará enganchados al tubo. Algunos llegan exhaustos, otros llorando o dando bocanadas como un pez. Mi Luisito, lo llamo mío porque no puede ser de otra ya, los enreda, les da una serie de naturales, molinete y chicuelina para enriquecer la faena, y consigue que les cambie la cara. No se dibujan sonrisas, salvo en los corazones, pero mi gallardo sabe que cada morlaco tiene su lidia. Yo lo miro, con el pecho hinchado y el aliento contenido al verlo arrimarse tanto al bicho. El malnombre del corto no lo tiene por altura ni por conocimiento, sino porque es de los que se asoman al balcón y no ven el toro desde la barrera.

Los calores me invaden y la gota de sudor que empezó en mi frente es ya un río. Y él, sigue erguido, como un matador. Cada vez que se abren las puertas, yo agito con discreción la gamuza amarilla como un abanico, dándole señal. Me siento como una folclórica con la redecilla del pelo. Luisito me brinda una sonrisa. O eso creo adivinar tras la mascarilla. Y me santiguo, cuando no me ve. Tengo miedo de que el cansancio, o el despiste, le juegue una mala pasada y le den estocada por cornada.

Otra vez se lo tragan los toriles, y otra vez se me calienta la cabeza, viendo tanta alma sufrir con el coro de gemidos y pasos a la carrera que no cesan. Muchos ojos chiguatos se ven desde detrás de un trapo, dando lejía por aquí y por allá. Repasando una y otra vez barras, pomos, asientos y pulsadores para que el bicho no pueda viajar más. Todo el día alternando quiebros de unos y sonrisas tristes de otros en la sala de urgencias. Creo adivinar cariño en estos últimos, pero es más el querer que el amor verdadero.

Los retazos de las conversaciones tienen siempre el mismo soniquete. –Se ha muerto Manuel- dice una. –Sí, y también María la del carnicero… es que hay andancia- contesta la otra. –Hay mucha, ahora, de gente así- afirma la más joven. Y no quisiera decirle que todos somos gente así, que ciertos son los toros, y que… pero callo porque sé que el que no vive en el filo, no sabe. O prefiere no saber. Solo los médicos y están más tristes que una Semana Santa.

Pasan las horas y siento las banderillas en los lomos de tanto frotar. Busco refugio en los tentaderos. Me apoyo en mi fregona porque no hay donde dejarse caer. Malmuerdo una barrita de dieta y doy una pestañá, plantada como un flamenco. Sueño con Luisito, quién sino, dejándome que le ponga las medias blancas de goyescas, con la espiga entre el peroné y los machos de las taleguillas, sellándolas con cinta especial porque en esta faena que nos toca no hay bordado sino plástico de mala calidad. Se me seca la boca al recorrer los brazos para ponerle el primer par de guantes. Esos que alejan la calidez de sus dedos de mis mejillas.

Ayer, le vi las marcas del tiempo que llevamos luchando contra el bicho. Quisiera borrar con mis labios cada línea que le dibujan las horribles mascarillas desde el mentón a la nariz, tapando el dibujo de su boca que anhelo tener tatuado en mi piel. Y así, en silencio, al ritmo de un pasodoble, encajarle las taleguillas resbalando hasta llegar a la cruz. Puedo sentir su respiración al atarle los machos. Darle un buen tirón y meter el dedo pulgar en las cintillas que tienen las mangas, ajustar la capucha y cerrar la cremallera para aislarlo herméticamente. Ay, madrecita linda, mantenlo alejado del bicho y dame la oportunidad de rondar ese cuerpo. Eso quisiera hacer yo, pero Luisito, como banderillero que es, se tiene que vestir solo. Y a mí que me duela.

Si en mis manos estuviera, llevaría una camisa lisa y ajustada, con corbata de colores a juego con las perlas de la chaquetilla. Y como sé que no es hombre de flores, ni pañuelo le hace falta, le brindaría la horquilla que recoge mi pelo. Pero no, Luisito luce cerradas las solapas del traje, intentando que no quede ningún hueco. El segundo par de guantes no le llega de oficio. Y el gorro del pelo viene patrocinada por el aparta-hotel Los Pinos.

Suena el cornetín. Nos retiramos como alma en pena. Ya viene una nueva cuadrilla y recuperamos la segunda piel que nos hace normales. ¡Cucha! Esmesté que te bañes que apestas a perros muertos- dice la Marieta. Y, de nuevo, veo pasar a Luisito. Solo pienso en estar de ti pa mi Gregorio con él, pero con tanta jartura la voz no me da para decirle nada. Mi Luisito se ha quedao más frito que un picatoste en el bus. Dos meses y un día llevo. Mañana, si el bicho nos deja, le pido salir.

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Por José Antonio Giménez #nuestroshéroes @zenda